Bombardeo y asalto de Brihuega

Tras partir el rey Felipe de Madrid, el dí­a seis de diciembre de 1710 hace noche en Alcalá, desde donde parte el dí­a 7 camino de Guadalajara.

La maniobra envolvente de Vendôme ha resultado un éxito y Stanhope se dá cuenta de que está cercado. Desde el Tajuña, donde se han bloqueado todos los puentes, sube un gran número de jinetes que les cortan la retirada por Fuencaliente y Valdebruscos, mientras que la infanterí­a de Vendôme comienza a rodear todos los montes que circundan la villa.

Stanhope confí­a en que el regimiento de enlace avise a tiempo a Starhemberg, quien debí­a encontrarse en Cifuentes, y que este retroceda en su apoyo, sin saber que sus enlaces han sido apresados por la caballerí­a de Vallejo. Mientras tanto, fortifica la villa, reforzando puertas y murallas, y abriendo ­pozos de lobo y trincheras en las calles. En la noche del dí­a 7 tres voluntarios ingleses cruzan a nado el Tajuña, a pesar de las bajas temperaturas, y burlan a las tropas españolas dirigiendose camino de Cifuentes en busca de Starhemberg.

Cuando amanece el dí­a 8, Stanhope comprueba que no es una pequeña avanzada la que le rodea, sino todo el ejercito de Vendôme. Las piezas de artillerí­a, que se han situado en los cerros de la Atalaya, San José, La Horca y en el camino de Carraguadalajara, comienzan a disparar sobre las murallas para abrir brechas que faciliten el asalto, continuándose el bombardeo durante toda la jornada. Stanhope y sus hombres sostienen las defensas de Brihuega, amparados en sus fuertes muros respondiendo a los ataque de la fusilerí­a.

El rey llega a Brihuega a primera hora de la tarde, reforzando con sus hombres a los atacantes y sitúa una nueva baterí­a de cinco cañones en Quiñoneros, repartiendo los otros diez que llevaba entre las otras baterí­as. Tras emplazar a Stanhope a rendirse, cosa que éste rechaza, ordena un nuevo ataque a su artillerí­a, con escasos resultados debido a la altura a la que estaban situadas las piezas con respecto de la villa. El rey ordena a sus granaderos desalojar a los ingleses de un pequeño reducto que mantení­an extramuros, la ermita de la Veracruz, situada frente al ángulo que for­man la puerta de la Cadena y el Arbollón, cosa que consiguen, quedando al ermita prácticamente destruida. Durante toda la jornada continúa el bombardeo, llegando a dispararse sobre la villa 1.100 tiros, tal y como se cuenta en un documento de la época.

El dí­a 9 continúa el bombardeo sobre las puertas de la Cadena y San Felipe, ahora con más efectividad, ya que se han bajado las piezas a media ladera de los montes teniendo así­ mejor ángulo de tiro. Desde la tomada ermita de la Veracruz, el capitán D. José de To­rres construye una mina hacia el cubo que forma la esquina del Arbollón, y que, al estallar, abre una brecha en la muralla, pero resulta demasiado alta para iniciar el asalto desde allí­.

Mientras tanto llegan noticias de que Starhemberg se dirige hacia Brihuega en ayuda de Stanhope y sus hombres, por lo que Vendôme, decide jugárselo todo a una carta y ordena el asalto a Brihuega, a sabiendas que de no hacerlo así­ se verí­a ante una situación muy comprometida. El conde de Aguilar con la caballerí­a de Bracamonte, es enviado a contener la marcha de Staremberg.

El asalto se organiza en tres grupos de infanterí­a: el marqués de Toy es encargado de ata­car la puerta de San Felipe, el conde de las Torres debe amagar un ataque desde la puerta de Cozagón y entrar por la brecha abierta en el Barrionuevo, mientras que el conde de San Esteban de Gormáz, se situarí­a en la reserva en Carraguadalajara, para acudir a donde se necesitase su apoyo. Los ingleses colocaron cuatro batallones para guar­dar las brechas de San Felipe y la Cadena, dos en Barrionuevo y otros dos en Cozagón, teniendo como reservas en la plaza del Coso y Carraita los escuadrones de húsares y los dragones desmontados.

Cuando el cuartel general del rey, situado en la cañada de Quiñoneros, da la orden de ataque, se inicia el amago desde Cozagón, pero los ingleses no caen en la trampa permaneciendo los hombres en las posiciones mencionadas antes.

El marqués de Toy inicia el asalto de la puerta de San Felipe, por donde un regimiento de granaderos, que todaví­a conserva el nombre de Extremadura que tení­a entonces, es el primero en entrar en Brihuega, encontrándose a los ingleses tras las barricadas con que habí­an reforzado toda la plazuela de San Felipe y las casas aledañas.

En la puerta de la Cadena también se consigue atravesar la muralla, iniciandose un combate casa por casa, con el apoyo de la artillerí­a desplazada hasta la zona de la picota.

Sin embargo en el Portillo la brecha abierta está a tal altura que apenas es alcanzada por los granaderos encargados del asalto en esa zona, pero los dragones de Frisia (actual regimiento de Villaviciosa) y los de Paví­a, de pie sobre sus monturas, se lanzan a través del boquete e inician el asalto. Viendo lo comprometido de la situación, el Conde de San Esteban pide permiso a Vendôme para reforzarlos y lanza a la brecha a los granaderos de la guar­dia real.

El combate dura hasta primeras horas de la noche, pero todaví­a es preciso tomar una por una cada una de las barricadas montadas por los ingleses, que defendiéndolas en una brava lucha cuerpo a cuerpo, van retrocediendo lentamente hacia el castillo. Es necesario introducir a la artillerí­a dentro del pueblo para poder ir abriéndose paso a través de las mismas.

Una vez encerrados los ingleses dentro del recito del castillo, son emplazados de nuevo a rendirse, sin recibir contestación. Ya de madrugada, y tras tener que amenazar a Stanhope con pasar a cuchillo a todos sus hombres si no se rinde en una hora, el inglés capitula ante el ejercito de Felipe V, entregando sus 8 batallo­nes y 8 escuadrones, a los generales Hill y Car­pentier, dos mariscales de campo, dos briga­dieres, varios coroneles, 5.000 soldados ingleses, un batallón holandés, otro portugués, 18 estandartes y gran número de pertre­chos de guerra. Han tenido cerca de 500 bajas y doble de heridos.

Los prisioneros son conducidos inmediatamente a Guadalajara, escoltados por el regimiento de Caballerí­a de la Es­trella, para que no pudieran volver a incorporarse a las tropas del Archiduque en el caso de que Starhemberg logre la victoria en la próxima batalla que se avecina. Felipe V, que ha contemplado la batalla desde su cuartel de Quiñoneros, se acerca a la puerta de la Cadena, sin llegar a entrar en la villa, en la que numerosos incendios están todaví­a por sofocar, retirándose después al campamento, junto a sus tropas, donde pasa la noche en espera de la batalla del dí­a siguiente.

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