La leyenda de la piedra bermeja

Transcribimos a continuación la leyenda de la piedra bermeja, tal y como la recogió Jesús Simón Pardo en su libro "Estampas Briocenses" en 1987.

 

Hace muchos años, contaban nuestros abuelos, allá en tiempo de los moros, habí­a en Brihuega un hidalgo llamado D. Alonso de Medina. Era hombre de parcas rentas, pero viví­a muy feliz en su casa solariega junto a su bella hija, la más linda y preciosa doncella nacida jamás en la Alcarria, a la que las crónicas dieron en llamar Elisa.

Dedicaba mucho de su tiempo el hidalgo a narrar, no sin pizca de exageración, en alegres 'tertulias -las mil batallas en las que su espada habí­a desmochado cabezas de moros, sus piernas escalado castillos o sus manos, arrancado pendones.

Poseí­a D. Alonso junto al Tajuña un huerto donde cultivaba amén de las rosas más bellas de la Alcarria, las más ricas hortalizas de esta vega. Allí­, en un recodo del rio, en un remanso escondido en el que crecí­an robustos chopos y cubrí­an algas y eneas, al abrigo de unas peñas que impedí­an las miradas indiscretas, tení­a la bella Elisa el lugar propicio para refrescar su hermosura en las aguas claras y cristalinas del Tajuña.

Todos los buenos mozos de Brihuega, que eran muchos, estaban prendidos de los encantos de la joven, no menos que los niños admirados de las proezas del hidalgo. Pero he aquí­ que en aquel entonces los moros eran dueños del castillo y su alcalde, llamado Abul, hombre de taimada cabeza, se enamoró de la doncella y quiso conseguir por la fuerza, lo que nunca podrí­a alcanzar de buen grado.

Contaban nuestros abuelos que cuando un dí­a la casta y bella Elisa se disponia a tomar un baño, abalanzose el taimado moro sobre ella, como bestia feroz sobre su presa. Rapidarnente respuesta de su sorpresa defendió con uñas y dientes su pureza. El moro Abul, ciego de rabia por el despecho hundió su puñal en el cuerpo hermoso que cayo abatido sobre una piedra que la sangre tiñó de color bermejo.

El moro Abul al ver la belleza muerta se arrojé al rio y es fama que el diablo se llevo su alma a los infiernos.

EI hidalgo D. Alonso murio de pena y los brihuegos recogieron aquelle piedra, teñida con Ia sangre de la bella, y la pusieron come piedra angular del castillo, que desde entonces se llamb 'DE LA PIEDRA BERMEJA'.

En el año 1934 D. Saturnino Ortega Montealegre recogió, entre otras muchas, esta leyenda briocense en forma de poesí­a en su libro "Leyendas de mi Alcarria":

La piedra bermeja

Del que famoso castillo
allá en sus tiempos mejores
fuera orgullo de Brihuega,
villa en la Alcarria muy noble,
aún como recuerdo quedan
algunas ruinosas torres
que son para el pueblo ingenuo
nidal de sus tradiciones;
por eso junto a sus muros
solí­cito se recoge
y siente al par de su alma
que el tiempo los desmorone,
como siente el árbol viejo
los ásperos aquilones
que, hoja tras hoja, le roban
el abrigo de sus flores.

Una de esas, ya musgosa,
vieja y desmochada torre,
la que más al Sur avanza
sus robustos murallones,
conserva entre los sillares,
como incrustación informe,
un arenizo pedrusco
ya de muy gastados bordes,
de un color rojo subido
que contrasta con el ocre
oscuro de la tobosa
de que se forma la torre;
mas de esa piedra el Castillo
tomó sin duda renombre
del de la Peña Bermeja
con que por la historia corre;
la razón no da la historia,
ni aquí­ nadie la conoce,
pero esa piedra rojiza
que entre los muros se esconde,
tiene escrita su leyenda
del ayer en los rincones:
leyenda triste, medrosa
como las brumas del Norte,
yo entre el humear de unas pajas
la recogí­ de una pobre
anciana cuya existencia
iba apagando la noche;
hela aquí­ y que en tu alma el cielo
ideas grandes evoque.

Aunque con renta mezquina
moraba alegre en Brihuega
y en su casa solariega
Don Alonso de Medina:
hombre de su tiempo, austero,
viendo en la fe su tesoro,
en cien lides contra el moro
desnudó su noble acero.

Y no anhelando más prez
que el triunfo de sus pendones
se le vio más de una vez
arrollar los escuadrones
de las huestes agarenas,
ganar los más altos muros,
romper puentes y cadenas,
y en los mayores apuros
él sólo contra ocho o diez
batirse supo, de suerte
que en su brazo iba la muerte
sembrándola por doquier.

Pero, lo que hacer no pudo
el hierro de los extraños,
los achaques y los años
rindieron a hombre tan rudo.

Por eso, aunque con mezquina
renta, viví­a en Brihuega
y en su casa solariega
Don Alonso de Medina.

Feliz porque en su largueza
una hija le diera el cielo,
que era un ángel en el suelo
y una mujer de una pieza.

Hermosa como el ensueño
que finge en su mente el hada,
no dió el jardí­n alcarreño
una flor tan delicada,
ni la fuente en primavera
mintió tan dulce sonrisa,
como diz que era hechicera
y sin par la bella Elisa.

Así­ el pueblo con cordura,
blancos de su amor hací­a
al padre por su hidalguí­a,
a la hija por su hermosura.

Junto al tranquilo Tajuña,
de sus mayores herencia,
poseí­a Don Alonso
una bien situada huerta,
que más que de utilidad
finca de recreo era,
pues allí­, entre los parrales,
los tilos y las moreras,
se pasaba el noble hidalgo
del blando estí­o las siestas,
sin más ambición, ni sueño
que seguir, mientras se riegan
sus coles, el manso arroyo
que entre los surcos serpea;
del ruiseñor en la rama
escuchar la cantinela,
ver si en el tendido anzuelo
algún pececillo ceba,
y sobre todo a su Elisa,
el alma de su existencia,
por quien Don Alonso vive,
tenerla siempre a su vera,
llenar sus manos de flores,
de besos su frente tersa,
hablarla de sus hazañas,
cuando él era hombre de guerra
y recordarla su madre
que era como Elisa, bella:
sus mismos ojos tení­a,
su misma boca de perlas.

Y así­ su vida pasaba
Don Alonso con su huerta
que del tranquilo Tajuña
se asomaba a las riberas;
pero es verdad que la dicha
dura muy poco en la tierra,
ni aun en el cielo, sin nubes
mucho tiempo está la estrella.

Un alcaide del Castillo
de la vetusta Brihuega,
en tiempo aquel en que el moro
dueño de sus torres era,
vió al cruzar de su caballo
a Elisa y prendóse de ella.

Y era Abul hombre terrible
para cejar en la idea
que tomara posesión
de su taimada cabeza.

Vió a Elisa y hacerla suya
quiso luego y por la tuerza,
ya que de grado y por gusto
no se vió jamás sin mengua,
a joven cristiana y noble
ser de un infiel compañera.

Desde aquel momento el moro
astuto en estratagemas,
a la hija de Don Alonso
por todas partes acecha,
y aunque es un Argos su padre
que constantemente vela
sobre su tesoro, el diablo
que en lo malo se deleita,
a Abul ocasión ofrece
que perder Abul no deja.

En un recodo que el rí­o
daba lamiendo la huerta
de Don Alonso, las aguas
reposábanse serenas,
sombreadas por el ramaje
de corpulenta chopera.

Allí­, escondido remanso,
cubierto de algas y eneas,
tení­a Elisa su baño
al abrigo de unas peñas,
que recatadas la libran
de miradas indiscretas,
pero hasta aquel santuario
del pudor de una doncella
osó penetrar aleve
del torpe Abul la demencia.

Una tarde en que a las aguas
iba a descender honesta
la hermosa Elisa, el alcaide
que como lobo a su presa
la acechaba rato hací­a,
lanzóse ciego sobre ella
como se lanza el milano
sobre tórtola indefensa,
y... ¿qué pasó allí­?; relámpago
fué aquello en noche siniestra,
cuando el hosco vendaval
pasa por las alamedas,
rompe con terrible estrago
las ramas que no doblega;
así­ Abul hecho una furia,
de Elisa ante la firmeza,
hunde el puñal en su pecho,
y cuando la mira muerta
bañada en su propia sangre
que tiñe la blanca piedra
por donde bajaba al baño
la joven, a toda priesa
huye arrojándose al rí­o
el alcaide de Brihuega.
¡Leyenda triste, medrosa,
como las sombrí­as nieblas
que entre los picos del monte
por el invierno se acuestan!
Abul desapareció
como una sombra funesta;
alguien dijo que el infierno
se lo tragó; de tristeza
murió a poco Don Alonso,
y el pueblo que feliz lleva
en el fondo de su alma
germen de santas creencias,
que en lo misterioso y grande
se entusiasma y se consuela,
miró siempre con respeto
aquella rojiza piedra
a quien las aguas no pueden
borrar, por más que lo intentan,
la mancha de noble sangre
que Elisa dejara en ella;
y andando el tiempo ese pueblo
que sus memorias venera,
en la torre del Castillo
hizo poner esa peña:
por donde vino a llamarse
el de la Peña Bermeja
que, aun después de tantos años,
caso tan triste recuerdan,
siendo al par honroso escudo
de las hijas de Brihuega.

 

Y no anhelando más prez
que el triunfo de sus pendones
se le vio más de una vez
arrollar los escuadrones
de las huestes agarenas,
ganar los más altos muros,
romper puentes y cadenas,
y en los mayores apuros
él sólo contra ocho o diez
batirse supo, de suerte
que en su brazo iba la muerte
sembrándola por doquier.

Pero, lo que hacer no pudo
el hierro de los extraños,
los achaques y los años
rindieron a hombre tan rudo.

Por eso, aunque con mezquina
renta, viví­a en Brihuega
y en su casa solariega
Don Alonso de Medina.

Feliz porque en su largueza
una hija le diera el cielo,
que era un ángel en el suelo
y una mujer de una pieza.

Hermosa como el ensueño
que finge en su mente el hada,
no dió el jardí­n alcarreño
una flor tan delicada,
ni la fuente en primavera
mintió tan dulce sonrisa,
como diz que era hechicera
y sin par la bella Elisa.

Así­ el pueblo con cordura,
blancos de su amor hací­a
al padre por su hidalguí­a,
a la hija por su hermosura.

* * *

Junto al tranquilo Tajuña,
de sus mayores herencia,
poseí­a Don Alonso
una bien situada huerta,
que más que de utilidad
finca de recreo era,
pues allí­, entre los parrales,
los tilos y las moreras,
se pasaba el noble hidalgo
del blando estí­o las siestas,
sin más ambición, ni sueño
que seguir, mientras se riegan
sus coles, el manso arroyo
que entre los surcos serpea;
del ruiseñor en la rama
escuchar la cantinela,
ver si en el tendido anzuelo
algún pececillo ceba,
y sobre todo a su Elisa,
el alma de su existencia,
por quien Don Alonso vive,
tenerla siempre a su vera,
llenar sus manos de flores,
de besos su frente tersa,
hablarla de sus hazañas,
cuando él era hombre de guerra
y recordarla su madre
que era como Elisa, bella:
sus mismos ojos tení­a,
su misma boca de perlas.

Y así­ su vida pasaba
Don Alonso con su huerta
que del tranquilo Tajuña
se asomaba a las riberas;
pero es verdad que la dicha
dura muy poco en la tierra,
ni aun en el cielo, sin nubes
mucho tiempo está la estrella.

Un alcaide del Castillo
de la vetusta Brihuega,
en tiempo aquel en que el moro
dueño de sus torres era,
vió al cruzar de su caballo
a Elisa y prendóse de ella.

Y era Abul hombre terrible
para cejar en la idea
que tomara posesión
de su taimada cabeza.

Vió a Elisa y hacerla suya
quiso luego y por la tuerza,
ya que de grado y por gusto
no se vió jamás sin mengua,
a joven cristiana y noble
ser de un infiel compañera.

Desde aquel momento el moro
astuto en estratagemas,
a la hija de Don Alonso
por todas partes acecha,
y aunque es un Argos su padre
que constantemente vela
sobre su tesoro, el diablo
que en lo malo se deleita,
a Abul ocasión ofrece
que perder Abul no deja.

En un recodo que el rí­o
daba lamiendo la huerta
de Don Alonso, las aguas
reposábanse serenas,
sombreadas por el ramaje
de corpulenta chopera.

Allí­, escondido remanso,
cubierto de algas y eneas,
tení­a Elisa su baño
al abrigo de unas peñas,
que recatadas la libran
de miradas indiscretas,
pero hasta aquel santuario
del pudor de una doncella
osó penetrar aleve
del torpe Abul la demencia.

Una tarde en que a las aguas
iba a descender honesta
la hermosa Elisa, el alcaide
que como lobo a su presa
la acechaba rato hací­a,
lanzóse ciego sobre ella
como se lanza el milano
sobre tórtola indefensa,
y... ¿qué pasó allí­?; relámpago
fué aquello en noche siniestra,
cuando el hosco vendaval
pasa por las alamedas,
rompe con terrible estrago
las ramas que no doblega;
así­ Abul hecho una furia,
de Elisa ante la firmeza,
hunde el puñal en su pecho,
y cuando la mira muerta
bañada en su propia sangre
que tiñe la blanca piedra
por donde bajaba al baño
la joven, a toda priesa
huye arrojándose al rí­o
el alcaide de Brihuega.
¡Leyenda triste, medrosa,
como las sombrí­as nieblas
que entre los picos del monte
por el invierno se acuestan!
Abul desapareció
como una sombra funesta;
alguien dijo que el infierno
se lo tragó; de tristeza
murió a poco Don Alonso,
y el pueblo que feliz lleva
en el fondo de su alma
germen de santas creencias,
que en lo misterioso y grande
se entusiasma y se consuela,
miró siempre con respeto
aquella rojiza piedra
a quien las aguas no pueden
borrar, por más que lo intentan,
la mancha de noble sangre
que Elisa dejara en ella;
y andando el tiempo ese pueblo
que sus memorias venera,
en la torre del Castillo
hizo poner esa peña:
por donde vino a llamarse
el de la Peña Bermeja
que, aun después de tantos años,
caso tan triste recuerdan,
siendo al par honroso escudo
de las hijas de Brihuega.

   

 

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