Excursión a Brihuega

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El viaje no fué incómodo, porque tras de dos horas y media de camino de hierro, sólo cuatro empleamos en recorrer en carruaje la distancia que hay entre Guadalajara y la villa de Brihuega.

Alegraron además los ánimos las circunstancias del viaje y la contemplación de un terreno no muy feraz, pero sí pintoresco y variado.

Porque desde las puertas mismas de Guadalajara se ven á la siniestra mano las altas cumbres del Guadarrama, cuyo filo parece incrustarse en el cielo azul, hasta que se pierde tan deleitoso panorama al penetrar en el valle de Torija, flanqueado por altas lomas, cuyo color rojizo y moteado de blanquecinas manchas de caliza sirve de marco á los verdores del valle.

Cuando éste sube hacia la cumbre de donde arranca, y sobre la que á manera de centinela vigilantísimo se alza el caserío de Torija con su ruinosa fortaleza, un espeso bosque, en esta época matizado de ricos colores, guarnece por ambos lados la carretera de Aragón, de la que en el citado pueblo arranca la que lleva á Brihuega. Desde Torija comienzan las altas planicies de la Alcarria, que se extienden hasta los manchones cretáceos que, como hacha gigantesca, ha ido labrando el Tajo para hacer en ellos su lecho inmortal. Está llanura, de carácter geológico terciario, ofrece grandes barrancos, arañazos que el tiempo y las aguas han abierto poco á poco con sus zarpas invisibles.

Antes de llegar á Brihuega, que está á media ladera de uno de esos valles por cuyo fondo arrastra sus aguas el Tagonio de los romanos, al que llaman hoy Tajuña, se ven las encumbradas ruinas del castillo de Fuentes, poco dignas de atención aun antes de que el tiempo las menguase tanto. A la izquierda del viajero se extienden los campos de Villaviciosa, donde Felipe V derrotó á sus enemigos los aliados que defendían los derechos del Archiduque.

Nuestro arribo á Brihuega fué por todo extremo satisfactorio. Fuera de sus vetustos muros esperaban gran número de personas, que acogieron á los excursionistas con singular bondad y que les ofrecieron sus buenos oficios para que el viaje fuera tan agradable como provechoso. Los brihuegos mostraron entonces, como después, una hidalga cortesía y una curiosidad discreta que es justo reconocer y alabar.

Inmediatamente comenzó la visita á los monumentos. El principal de ellos es la iglesia de Santa María de la Peña, poéticamente asentada á la sombra de un castillo y sobre el borde de un altísimo peñasco, balcón desde donde se contempla el ancho valle del Tajuña. Aunque el templo, como sucede casi siempre, no muestra total unidad de estilo, por las obras que en él se han hecho en épocas distintas, pertenece casi por completo á la época de la transición del románico al ojival, esto es, á la primera mitad del siglo XIII. La combinación de ambos estilos es tan clara, que no ofrece duda alguna. Domina el románico en el ábside y en la banda meridional, así como se advierte el ojival ó gótico en la opuesta en que se abre elegantísimo y bien exornado pórtico. Los arcos de las naves son todavía de medio punto, asentados sobre los robustos pilares; pero las bóvedas rompen en ojiva sus altas líneas. Unas ventanas son de un estilo, otras pertenecen al otro. Los capiteles de las columnas, aun de aquellas que sostienen el coro, que se labró en tiempo del cardenal Tavera (siglo XVI), muestran también el sentido estético del periodo de transición, porque ostentan unas la imaginería propia del románico, y otras el follaje característico del primitivo ojival.

D. Diego Ruiz del CastilloD. Diego Ruiz del Castillo, 1895 - Colección de la familia González Pérez (publicada en 20minutos.es)

Aun en los paramentos exteriores de la curiosa iglesia se nota esta misma mezcla, que seríala claramente el tiempo á que la iglesia corresponde. Una de las curiosidades que contiene, ennoblecida por su carácter religioso, es la antigua imagen de Nuestra Señora de la Peña, Patrona de la villa. Es una estatua de madera de unos 0'90 metros de altura, sentada al modo de las efigies de la Virgeu en este periodo de la Edad Media, con el divino Niño en los brazos, y pintada en el rostro y las manos de ese color oscuro cuyo origen y significación no son bien conocidos.

Por su antigüedad, que considero no inferior al siglo XIII, y por sus caracteres iconográficos, borrosos algunos por el torpe afán de vestir las imágenes y de enriquecerlas con coronas postizas y siempre odiosas aunque sean ricas, merece esta sagrada imagen, idolatrada por los brihuegos, muy especial estudio.

También examinamos con interés algunos relieves en madera de arte muy perfecto, que pertenecieron al antiguo retablo mayor de esta iglesia y labrados en la segunda mitad del siglo XVI. Débese su salvación al celo laudable del señor don Diego Ruiz, actual párroco de Santa María.

No mucho tiempo después que Santa María, se erigió el templo parroquial de San Miguel, cuyo pórtico abocinado, en que apenas apunta la ojiva para romper los arcos reentrantes que lo constituyen, entra ya tímidamente en el estilo ojival. También consta de tres naves, pero las restauraciones interiores del templo lo ban desfigurado de tal manera, que causa dolor advertir que, bajo gruesas capas de yeso y de adornos de madera dorada, se ocultan elementos arquitectónicos, fechas ciertas para el arqueólogo entendido. Ofrecen al mismo verdadero interés un sepulcro alabastrino del siglo XV, un arca de piedra con gótica tracería del XIII y el retablo del XVI, muy rico en tallas escultóricas y arquitectónicas.

Carácter análogo ofrece la parroquia de San Juan, pero aun está más disfrazado su origen por las restauraciones. En esta iglesia vimos la imagen de Nuestra Señora de la Zarza, y en su capilla el retrato del maestro Durón, natural de Brihuega, músico eminente de los fines del siglo XVII, y del cual han averiguado algunas noticias biográficas el señor Barbieri y el que esto escribe.

La cuarta iglesia parroquial de la villa es San Felipe, la más bella de todas. Es ojival y conserva, sobre todo en el exterior, todos los elementos de las construcciones religiosas del siglo XIII y principios del XIV. Su imafronte, dividida en tres cuerpos horizontales, correspondientes á las tres naves, más alto y ancho el del centro, es tipo de construcción con la portada de arcos reentrantes, sostenidos por esbeltas columnillas, los rosetoncillos cuajados de sencilla tracería, las ménsulas salientes que debieron sostener estatuas, los canes labrados de la cornisa, etc. Completa aspecto tan monumental otra portada de la fachada del Mediodía, de no menos carácter que aquélla. En el interior vimos una lauda funeraria, esculpida, de fines del siglo XV, y la pila bautismal, cuyos adornos demuestran que es tan antigua como el templo.

La lista de los monumentos sagrados de Brihuega debe completarse con la mención de su convento de religiosas bernardas y otro de religiosas carmelitas, así como el de Padres franciscanos, este último dedicado hoy á escuelas, hospital y cárcel. Pertenecen en la casi totalidad de su construcción á la centuria XVII, y no tienen grandes cosas que estudiar, salvo alguna estatua y algún cuadro que vimos en el primero de dichos conventos.

Rica es también la villa en monumentos civiles, ó, mejor dicho, militares. Porque aun la ciñen grandes lienzos de robustos muros, cuyas desmochadas almenas recuerdan la solicitud con que fortificaron el lugar sus antiguos señores los arzobispos de Toledo. Ya no quedan en pie más que dos puertas: la de la Cadena, por donde Felipe V, el día antes de su victoria de Villaviciosa (9 de Diciembre de 1710), entró por asalto en la villa, guardada valientemente por una división de ingleses y holandeses, y la de Cozagón, formada por un alto y rasgado ingreso ojival abierto en una gran torre que se destaca mucho de la muralla.

Pero el monumento más importante por la grandeza de sus restos y por su misma antigüedad es el castillo, cuyos patios se dedican hoy á cementerio. Conserva íntegro un torreón cuyo piso bajo forma una estancia abovedada, y cuyo piso principal contiene en lo interior de los robustos muros una curiosísima estancia á manera de capilla, de planta cuadrangular rematando en ábside. Los muros llevan una serie de ventanas de medio punto con sencillos arcos de arista viva, de notorio carácter románico, como la magnífica bóveda de secciones, separadas por gruesos aristones.

Los zócalos muestran una tracería mudejar de estuco rojo y blanco, elemento decorativo que se advierte en varias partes del castillo y cuya época no es fácil señalar. Más clara es la de unos restos de pintura con imágenes de músicos que se conservan, maltratados por el viento y la lluvia, en una pared próxima á la base exterior del gran torreón, pinturas trazadas en la primera mitad del siglo XIII, en que se erigió el castillo, y que yo descubrí siendo muy mozo. El mal estado de aquellas pinturas impidió que nuestro consocio el señor Quintero las reprodujese fotográficamente, según había hecho con otras antiguallas de Brihuega.

No puede cerrarse esta brevísima reseña sin mencionar un edificio interesantísimo que está oscurecido por hallarse enclavado en construcciones modernas. Me refiero á la iglesia de San Simón, que hoy es almacén de frutos coloniales. Vetusta obra de mampostería y de ladrillo, presenta sólo al exterior dos ventanas de arco de herradura ligeramente ojivos. Su interior se compone de una nave cuadrangular con ábside poligonal. De cada ángulo de la nave arrancan unas molduras de corte cuadrado que se juntan en lo alto de la techumbre abovedada. El ábside presenta análoga circunstancia, pero aquí las molduras dividen muros y bóveda en más secciones, cada una de las cuales tiene una ventana de arco de herradura angrelado. Las ventanas de la nave, menos las dos que antes mencioné y las del ábside, están tapiadas. Por su construcción y por los elementos mencionados, se advierte que es un edificio mudejar.

Es, sin duda alguna, el más completo y el más característico de este estilo que existe en la provincia de Guadalajara, que aun conserva algunos. No me atrevo á sospechar siquiera la época á que pertenece, ni creo que jamás fué mezquita de moriscos, aunque me consta que los que habitaban en Brihuerga al mediar el siglo XV tenían mezquita, como gozaban de sinagoga los judíos de la villa.

Con objeto de exponer los principales sucesos históricos de Brihuega, y de describir sus notables y poco conocidos monumentos, se dispuso una conferencia pública que, por mal acierto, se confió al autor de esta reseña, no por otra causa que por haber escrito una historia de Brihuega, como preámbulo del fuero de la misma que dio el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada antes de mediar el siglo XIII, y cuyo original vieron los excursionistas en el archivo municipal.

El interés de los brihuegos por asistir á la conferencia era tan grande, que, aunque se celebró en el teatro, quedaron fuera centenares de personas. Realmente fué un meeting, el primero que en España se celebra de propaganda histórica y arqueológica.

Comenzó por la presentación que al público hizo de los excursionistas el venerable don Ramón Serrada, en quien la edad no ha enfriado los ímpetus de un corazón entusiasta por las glorias de su pueblo.

Después pronunció el señor Foronda un discurso muy ingenioso para exponer los fines de la Sociedad de Excursionistas y para recomendar la conservación de los monumentos antiguos. Siguió la conferencia, en la que quien esto escribe trazó los principales hechos históricos á que va unido el nombre de Brihuega, describiendo también sus principales monumentos.

La excursión á Brihuega ha sido, pues, fecunda y muy interesante; y para que ni aun en el camino dejase de ser útil, al volver de la histórica villa y pasar por la de Torija, paramos algunos momentos para visitar su iglesia y su precioso castillo del siglo XV.


Juan Catalina García

Publicado en Vuelos arqueológicos : (narraciones de arte), Madrid. 1915.-

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