Brihuega.- La Real Fábrica de Carlos III

Seria muy difí­cil buscar el origen de la industria lanera en tierras alcarreñas pues nada ha conservado la tradición para poder fundamentarlo. La Naturaleza coloca al hombre inconscientemente en el camino del progreso, proporcionándole sabiamente elementos con que atender a sus necesidades, y cuando éstos por excepción resultan abundantes y de primera calidad, surge casi espontáneamente y sin esfuerzo lo que puede llamarse forma embrionaria de lo que después mejorado constituye una industria.

Es indudable que el germen fabril de la zona alcarreña, en tiempos lejanos, obedeció a la gran abundancia de manantiales de excelentes aguas y al importantísimo número de sus ganados, que proporcionaban a sus habitantes elementos bastantes para confeccionarse, por medio de toscos procedimientos, una buena parte de su indumentaria.

Surge tras este período inicial de todas las industrias la idea de su engrandecimiento relativo, sobrevienen mayores necesidades, y los hombres luchan con sus propias fuerzas, que no siempre son suficientes para desenvolver sus iniciativas. Brihuega luchó aislada muchos siglos, y sola hubiera continuado si un hecho histórico, de inmensa trascendencia en la historia de España, su memorable asalto, afianzando la corona de las dinastía borbónica, no le hubiera valido la merecida protección de Felipe V, que juzgó esta villa como sitio adecuado para engrandecer la industria lanera.

Dos pintorescos rincones del jardín de la Real fábrica de paños de Carlos III

Es fama que la serraní­a alcarreña producía lanas de tan inmejorable calidad durante este reinado y en los de Fernando VI y Carlos III, que su comercio llegó a tener renombre mundial, por su ganadería que facilitaba la primera materia a la industria pañera, no sólo de España, sino también de la de lejanos mercados. Era por tanto grande la actividad fabril de la provincia de Guadalajara, y muy singularmente la de Brihuega y su término, que contaba con varias fábricas de paños que por todas partes extendían la fama de su bondad, cuando Carlos III, siempre atento a prestar su protección a cuanto significara progreso, mandó construir de nueva planta la que desde entonces se llama «Real Fábrica de Paños», proveedora de los ejércitos de la nación y sucursal de la antigua de Guadalajara, terminándose sus obras el año 1878, siendo ministro de la Real Hacienda D. Pedro de Llerena.

Fué aquella época de gran prosperidad para Brihuega, que llegó contar con quince fábricas destinadas a esta industria pañera y que producí­a además excelentes granas, bayetas y frisas muy apreciadas, constituyendo una de las especialidades más buscadas los pañuelos de paño fino bordados con lanas de vivos colores y caprichososo remates de trenzados flecos. Prueba la excelencia de estas producciones el hecho que entre los regalos que Carlos III mandó al Sultán de Turquia por medio de una embajada en 1782, figuró una rica pieza de grana de 20 varas fabricada en Brihuega.

Aumentando la importancia de esta industria, se sumaron a dichas fábricas las de Vicálvaro y San Fernando de Jarama; se mejoraron los batanes de la ribera del rí­o Tajuña; se cultivaron los elementos de tintorería; seleccionaron se las lanas y por tales medios llegaron a producirse paños que por su selecta elaboración y buen tinte pudieron competir con los más famosos y fueron fuente de grandes ingresos para el erario y de prosperidad para esta comarca. Gran época fué aquella para Brihuega, de grandezas y afanes siempre coronados por el éxito, de alegrí­a que parecí­a no habí­a de terminar. Seguí­a este pueblo próspero y feliz viviendo de su trabajo, cuando apareció la guerra de la Independencia, que llevando la desolación a todas parles, dio un golpe de muerte a esta floreciente industria, que pareció quedar destruida parasiempre; pero no fué así­, pues algunos años después fué comprada la «Real Fábrica» por un ilustre hijo de Brihuega, D. Justo Hernández, hombre emprendedor y de gran competencia comercial, que supo darle nuevo impulso, haciéndole alcanzar una época de prosperidad jamas imaginada.

Uno de los más grandes signos del progreso de mediados del pasado siglo, puede decirse, fué la causa de la decadencia y después la muerte de esta industria.

El establecimiento de los ferrocarriles, que con su velocidad repartían por todas partes productos similares fabricados en regiones y paises muy distantes, interpuso la competencia que Brihuega, siempre falta de medios de comunicacion, no pudo resistir.

Lo primero que advierte el viajero que llega a Brihuega son dos grandes y contiguas construcciones que forman como una enorme sartén. Son la nave principal y la gran rotonda que cobijaron tantos operarios y produjeron tantas alegrí­as, testigos mudos de una época de florecimiento que está muy lejos de volver. Allí­ aparecen arrogantes los graní­ticos muros de una época de grandeza, de gloria, de fe; cada una de sus piedras evoca un mundo de recuerdos, canta un himno al trabajo y a la lealtad deaquellas generaciones llenas de virtud y abnegación; allí­ palpita el pasado de un pueblo victorioso; allí­ vive aún el alma de una legión de héroes que peleó hasta vencer por su patria y por su rey.

Entre los sólidos muros de aquella fabrica que llevó su fama por todas partes, casa de extraordinarias proporciones, reinan hoy la comodidad y el reposo más apetecidos. Grandes salones, espléndidas y bien confortadas habitaciones, innumerables departamentos destinados a cuanto pueda ser necesario en una gran casa de ricos hacendados, convirtieron la fábrica en espléndida mansión de los herederos de D. Justo Hernández, hoy señores de Cabanas.

Su artí­stico jardí­n data de la época de su primer propietario y constituye una nota encantadora de aquel hoy ignorado lugar, rincón de trabajo, de amores, de pájaros y flores, dignos de la lira de Bécquer y del pincel de Rusiñol.


MANUEL ASENJO

Publicado en

La Ilustración Artí­stica, Nº 1.809, 28 de agosto de 1926, pág. 567.-

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