Fortalezas olvidadas españolas

Nuestra historia militar y política, ha llenado todo el perímetro de la Península de castillos y fortalezas, que, bajo la acción destructora del tiempo, van desmoronándose poco á poco, sí bien sus enhiestas y robustas torres se mantienen firmes en sus ciclópeos cimientos, como protesta fantástica de otros siglos y de otras edades.

Lo que á destruir no acertaron antiguas máquinas de guerra y aún desafió la potencia de los primeros ingenios de las armas de luego,cae corroído por la intemperie, minado por nuestra incuria arqueológica, olvidado de los que con mayor interés debieran conservarlo; y es que á los estruendos de la guerra se han sucedido los rumores del taller, y los villanos del antiguo feudo construyen sus casas y sus poblaciones con los despojos de los soberbios palacios señoriales.

Los recios bastiones feudales se desmantelan con la azada y el pico para constituir el hogar del obrero y la fábrica.

Esto no obstante, no ha de ser parte á que condenemos al olvido esas construcciones guerreras, cada una de las cuales tiene su historia y su leyenda, y bajo este punto de vista hemos de consagrar en estas páginas un espacio á rememorarlas, que algo y aun mucho tienen de venerables para nuestra presente generación.

En el centro de la provincia de Guadalajara y sobre la margen derecha del rio Tajuña, se alza la histórica villa de Briliuega y á su extremidad sur el castillo cuyo es el adjunto fotograbado.

Que esta villa ha jugado importantísimo papel en todos ios tiempos, lo atestiguan, no solo sus robustos muros, sino otros elementos de juicio que no son para despreciados. Ya en el itinerario de Ptolomeo se cita la existencia de una ciudad romana llamada Rhigusa, situada á la margen derecha del Tagonium, nombre este último que no puede aplicarse al Tajo porque en el mismo itinerario se denomina este importante río Tagus, y de esta denominación viene su nombre castellano. A más de esto, y como comprobación de nuestro aserto, en el verano de 1905 se descubrió en un terreno de cultivo, á las orillas del Tajuña, una necrópolis que tanto pudiera ser romana como celtibera, y de ella se extrajeron vasos cinerarios en considerable numero.

Personas competentes en esta clase de asuntos, no dan á la villa más antigüedad que la de los siglos XII y XIII, suponiendo que era una alquería propiedad de los arzobispos de Toledo, y que el castillo y fuertes murallas que rodean la población fueron construidas por mero lujo y no por necesidades de guerra. Podrá ser; pero el mismo espesor de las fortificaciones —rayano en dos metros en las cortinas—, las torres macizas que las flanquean y las puertas mismas que dan ingreso á la población y en las cuales se embotaron las balas de cañón en 1710, están acusando un destino militar no muy conforme con la idea de una fortificación de pura apariencia.

En el recinto murado, es notabilísima la puerta llamada de Cozagón, cuya esbelta ojiva se sostiene gallarda sobre su clave.

El castillo, según la tradición, sirvió de residencia á D. Alfonso VI de Castilla, huésped fugitivo en la norte de Almenón rey moro de Toledo, y ha sido visitado por algunas personas reales en diferentes épocas históricas.

Le constituye un más que regular recinto guarnecido de fuertes muros, altas murallas y robustos torreones, de tal manera dispuestos que desde sus adarves se pudieran flanquear las cortinas. La torre del homenaje, el cuerpo más esbelto de toda la fortificación, es una obra excelsa de recios y altos muros, que tiene en su parte superior una estancia de planta cuadrada que al exterior se desarrolla en ábside semicircular, con cuatro ventanales de arcos de medio punto reentrantes y con aristas vivas, sin molduras, baquetones ni columnillas de transición románico ojival. En el interior tiene techo abovedado con secciones señaladas por gruesas nervaduras ó aristones que la dividen en seis paños cerrados por medios puntos; en ellos se ven restos de traceria de gusto arábigo ó mudejar, sin que se pueda asegurar á cual de ellos pertenecen, porque son restos poco extensos y borrados bajo una capa de cal. Adosado á ella, en la parte norte, que es la que mira hacia el pueblo, corre un cuerpo de edificio de mampostería, también grueso de muros, que indudablemente sirvió para habitaciones de la fortaleza, y por debajo de la torre del homenaje, y en dirección de nordeste á poniente, hay un subterráneo de gusto ojival, defendido por la parte exterior con un tambor robusto al que dan luz dos ventanales de saetera.

Completan la fortificación por la parte de saliente, dos extensas cortinas flanqueadas por torreones redondos y almenados en su terminación. Toda la fortaleza está cimentada en una roca de gigantesca elevación.

En estas murallas guarecidos se defendieron los briocenses, sin la ayuda de un solo hombre de armas, de las tropas del rey de Navarra, que tuvieron en sitio á Brihuega durante siete días sin lograr su rendición, en memoria de lo que el Concejo acordó, como voto de villa, las siete salves que se cantan en la parroquia de Santa María, durante los siete primeros días de la segunda decena de Mayo, y que se denominan Las salves del Cerco.

En el viaje que hizo á Monzón el rey Felipe II el año 1585, estuvo en Brihuega, aunque no consta que bajase al castillo, y de él dice un jefe de las tropas reales:

«Al medio della hay un castillo que de muy antiguo comienza á caer y dicen que este fué reparado de Alfonso VI que ganó á Toledo.» (1)

Prescindiendo de las tradiciones de épocas remotas y viniendo á la Historia moderna, esta fortaleza es digna de nota por el asedio que sufrió Brihuega estando en poder de las tropas del Archiduque Carlos el 8 de Diciembre de 1710.

Sorprendida en esta villa la división de Stanhope, compuesta de las brigadas de Hill y Carpentier, fué sitiada por las tropas que al mando personal de Felipe V, regía el marqués de Aliaga corno lugarteniente del duque de Vendóme. Ruda fué la pelea y heroica la resistencia de los aliados. Ei ejército borbónico, aprovechando la altura de los montes que rodean la población por poniente y norte, arrojó sobre los sitiados 1.500 bombas y granadas, con ínnumerables balas rasas que batían reciamente la muralla procurando abrir brecha.

Los del Archiduque, trataron de defender la abierta por la parte del poniente, que aún se llama el Portillo; pero batida rudamente la puerta llamada de la Cadena, los borbónicos dieron por ella y por la de San Felipe el asalto á la plaza.

Entonces Stanhope se refugió en el castillo, como reducto de seguridad, y se aprestó á la defensa; pero viendo que sus esfuerzos serían inútiles por el considerable número de enemigos que tenía en frente y ya posesionados de la población, capitularon, quedando prisioneros los tres generales y seis mil hombres de todas armas.

Al dia siguiente selibró la célebre batalla de Villaviciosa, que aseguró la corona en la frente del primer Borbón.

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Por negligencia, indudablemente, de las autoridades locales de aquella época, no se conserva, ni en el archivo municipal ni en los de las cuatro parroquias, documento alguno conmemorativo de este hecho de armas; pero sobre la puerta de la Cadena campea una losa de mármol con la inscripción siguiente:

Por esta puerta se dio el avance y asalto el día 9 de Dieiembre de 1710 por las armas de S. M, nuestro señor Felipe V contra las tropas inglesas y holandesas que estaban apostadas en esta plaza á vista de su Real persona y al día siguiente se dio la batalla en término y jurisdicción de esta villa.(2)

Si realmente es imperdonable para un pueblo culto el olvido de los sitios donde se han desarrollado sus glorias militares y donde se han consumado los hechos más salientes de su historia, hay que confesar que hemos caído en este error no declarando monumento nacional y cuidando de su conservación, estas memorables y hermosas fortalezas que corroe la acción del tiempo.

Don Alfonso X el Sabio y su hermano D. Sandio, arzobispo de Toledo, firmaron, en este Castillo el 10 de Junio de 1256, algunas cartas de donación para la Orden de Calatrava. Después de la desgraciada batalla de Aljubarrota, en la primavera de 1390, estuvo en él Don Juan I, y allí recibió al embajador del rey de Portugal y Prior de Jerusalen D. Alvaro López Carmelo, firmándose treguas por término de seis años.

Los subterráneos de esta fortaleza sirvieron de cárcel de Estado, á la cual fué conducida, sin que sepamos la causa, Dª. Mencía de la Cerda, nieta del célebre guerrero Hernán Cortés, y en ellos estuvo desde 1603 á 1608.

Muy difícil, casi imposible es reducir á muy pocas líneas la accidentada y larga historia del hermoso y celebérrimo castillo-palacio de Molina de Aragón, mansión de régulos y señores independientes que, ora en paz, ora en guerra con Aragón y Castilla, fué codiciado florón de las coronas cristianas y joya preciada de los califas musulmanes.

Sus robustas torres cuadradas, éntrelas que descuella la llamada de Aragón y que, á no dudar, fué la del homenaje, se levantan aún gallardas como si las defendiese contra la injuria dé los tiempos sumista grandeza histórica, y el glorioso recuerdo de los que las habitaron.

Ya por los años de 964, refiere la tradición que vino á acogerse bajo sus muros, y a su abrigo murió, D. Ordoño, llamado el Malo, sin que haya documento alguno que lo justifique.

Los Anales Complutenses refieren la venganza que tomó en 1009 Sancho García de los moros de Molina, por la muerte dada a su padre el conde Garci-Fernández en la batalla de Alcocer, en el año 1006. En el de 1069 y ai pié de este mismo castillo, fueron derrotados los musulmanes por el Cid, que hizo prisionero á su régulo, el cual hubo de quedar tributario del invencible guerrero.

En manos de Rodrigo Díaz de Vivar estuvo durante el reinado de Alfonso VI; pero después de varias infructuosas tentativas cayó en poder de Alfonso I de Aragón, en 1129, quedando asolado por la guerra su extenso territorio.

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En 1310 codiciando el rey de Castilla la posesión de Molina, y promovida por esta causa la guerra con Aragón, D. Manrique de Lara, vasallo del castellano y muy amigo del aragonés, se erigió en arbitro, haciendo jurar á los dos reyes que se someterían á su laudo y pronunció la singular e inesperada sentencia de: que el derecho que los reyes tenían lo revocaba y lo ponía todo en sí, e que de allí en adelate que quedase Molina á él para siempre e á los que del descendiesen, quedando como mayorazgo; sentencia que, aceptada por los litigantes, dio origen al Señorío de Molina.

Demasiado conocido es el papel que jugó D. Manrique en el reinado de D. Sancho y durante la minoridad de su pupilo Alfonso VIII, hasta que las asechanzas de D. Fernán Ruiz de Castro le hicieron caer en una emboscada junto á Garcinarro, en la cual murió, diciendo á su adversario, que yacía herido á su lado:

—Artero, artero, más non buen caballero.

Porque Ruiz de Castro se había disfrazado para huir de él y herídole á traición

Sucedió á su hija Dª. Mafalda, Dª. Blanca, esposa de D. Alonso el Niño (así llamado por la Historia para distinguirle de otros Alfonsos de sangre real), y la nueva señora y condesa de Molina reedificó las partes del Alcázar que habían sufrido deterioros, fortificó más y más sus murallas, fundó la Orden de caballeros de San Julián, que después se llamaron de Doña Infanta, y vengó el destrozo que en territorio de Molina hicieron los aragoneses en 1285, atacándolos y derrotándolos cuando se retiraban hacia Albarracín, y causando en ellos tal estrago que aun se denomina el sitio del combate, Campo de la Matanza.

La conducta cruel que con ella siguió su cuñado Sancho IV, el carácter dominante de su yerno el de Lara, y la temprana muerte de su hija, minaron aqueila poderosa naturaleza. Entonces hizo escribir en la pared de la torre de Aragón, repetidos letreros á pincél en los cuales se leía: MI FIN, MI BIEN Y EL VUESTRO, en lo cual parece que quiso decir á sus Vasallos que su muerte era para ella un bien, y para los molineses lo sería también puesto que tendrían como señor al rey de Castilla, Don Sancho el Bravo, á cuyo poder pasaba al Señorío.

No turbó el reposo de este —–tecimiento importante hasta el reinado de Don Enrique, el cual, coronado después del drama de Montiel, regaló Molina á Beltran Duguesclin; pero no queriendo los molineses someterse al yugo del francés, le derrotaron, precisamente en el Campo de la Matanza y se entregaron á Pedro IV de Aragón bajo cuyo cetro volvió á entrar el Señorío en el dominio de los Reyes Católicos.

Felipe IV se aposentó en el Alcázar cuando fué á la campaña de Cataluña, y por los servicios que Molina prestó á la causa de Felipe V en la guerra de Sucesión, mereció el titulo de Fidelísima.

En la de Independencia envió á combatir contra los franceses un batallón formado con sus hijos, y no pudiendo defenderse abandonaron los molineses sus hogares, que fueron destruidos por el incendio en 2 de Noviembre do 1810.

Las Cortes de Cádiz le concedieron el titulo de ciudad.

(1) Relación del viaje de S. M. Felipe II á Monzón, escrita por Henrique Cock. (N. del A.)
(2) El campo donde se libró el comibate era y es térmíno de Brihuega. (N. del A.)

ANTONIO PAREJA SERRADA

Publicado en Por Esos Mundos, Año XII, Núm. 193, Febrero 1911

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