Recuerdos de Brihuega

No hay memoria de que a ningún poeta se le haya ocurrido jamás comparar en símil retórico las flores con las lanas, porque en verdad parece que nada tiene que ver la piel de los corderos con los pétalos de las rosas, ni el esquileo de las ovejas con el cultivo de los jazmines.

Pero bien puede haber fábricas de hilados y tejidos de lana, que además de patio, tengan jardín en donde medren v florezcan, por solicitud de cuidadosas manos, plantas ornamentales y odoríferas que alegren la vista y recreen el olfato de los obreros que, en las cuadras, transforman en suaves hilos y confortables telas la lana, que recién caída al corte de la esquiladero, es tan basta y repugnante a la vista y el tacto como un despojo animal de forzoso desperdicio.

Acaso exista en Cataluña, emporio español de la industria lanera, alguna fábrica cuyos dueños, tan amantes de la naturaleza como del arte, hayan rodeado el edificio fabril de frondosos jardines con honores de parque, cuyos árboles, plantas y flores amenicen el trabajo de los obreros y alegren el aspecto de la fábrica, que, árida y desnuda, daría la sensación de una inmensa ergástula; pero lo que puede asegurarse, sin temor a equivocación, es que ninguna lanería en el mundo, incluso las famosas de Mánchester armonizó con tanto tino las lanas y las flores como la Real Fábrica de Paños de Brihuega, en el edificio mandado levantar al efecto por el rey Carlos III.

De  sobra saben hasta los bachilleres que ese monarca, secundado por estadistas del temple y fuste de Aranda, Floridablanca y Jovellanos, restauró algún tanto las decaídas fuerzas nacionales, fomentando las artes, la agricultura, el comercio y la industria con providencias que en aquel tiempo parecían las más acertadas, aunque la experiencia económica haya demostrado que sólo podían determinar transitoria prosperidad.

Entre las medidas adoptadas para acrecentar las riquezas del país, no faltó la de establecer industrias por cuenta del Estado, con objeto de dar ocupación a los obreros y sustento a sus familias, al paso que se estimulaba la formación de artífices españoles, aleccionados por los que del extranjero mandaron venir los primeros monarcas borbónicos. Las fábricas de porcelana y de tapices, en Madrid, y la de paños, en Guadalajara, atestiguan las iniciativas de la dinastía que se ciñó la corona de España y sus Indias en los campos de Villaviciosa.

El rey Felipe V, que tan rigorosas represalias tomo contra Cataluña por habérsele opuesto,   armas en mano, durante la terrible guerra de Sucesión, quiso, sin duda, suscitarle un formidable competidor en la industria lanera, y,  al efecto estableció la real fábrica de paños de Guadalajara, cuyo verdadero centro fabril estaba en Brihuega, villa situada a treinta y dos kilómetros de la capitel, pero en mejores condiciones para la industria lanera por sus abundantísimas aguas, que permitían instalar motores hidráulicos, y por los numerosos rebaños de ganado lanar que pacen en los mullidos prados alcarreños.  Tenían los birocenses (pues así se llaman los naturales  de  Brihuega), por mano providencial de la naturaleza, casi de regalo la energía mecánica y la primera materia, y en la congénita habilidad de sus habitantes encontraban, sin las dificultades del aprendizaje, la necesaria mano de obra para convertir el vellón  en paño y el paño  en  reales de vellón. Porque los birocenses, desde tiempo inmemorial, de que no hay rastro alguno en crónicas, archivos ni tradiciones, tal vez ya en los remotísimos días de la Alcarria autóctona, eran maestros en   el   arte   de hilar y tejer por los primitivos procedimientos de Onfalia y de Penélope la lana de sus rebaños y elaborar por sus propias manos las prendas del típico traje del país. En aquel entonces, cada vecino subvenía de por sí a las necesidades de su casa y familia, y mientras el hombre labraba la tierra o apacentaba el ganado, la mujer empuñaba la rueca y movía el tosco telar en que se tramaba el burdo paño. Cambiaron los tiempos y con ellos las costumbres. Brihuega perdió las franquicias dé que gozaba como villa dependiente del arzobispado de Toledo, y hubo de contribuir directamente a las cargas públicas, por lo que le fué preciso intensificar su industria lanera para  hacer frente a los nuevos gastos municipales. Los husos y telares domésticos se convirtieron en instalaciones fabriles bajo el régimen económico de patrono y obreros, hasta que, agradecido Felipe V a la Cooperación prestada a su causa por los birocenses en la famosa batalla de Villaviciosa, estableció, con privilegio exclusivo, la fábrica de paños, que después de algunas vicisitudes lomó poderoso incremento por la protección que le dispensó Carlos III. Desde entonces tuvo la fábrica de Brihuega vida propia e independiente de la de Guadalajara y quedó instalada en el edificio que, contiguo al viejo, mandó levantar aquel monarca, conservando los magníficos jardines cuya  artística traza los  equipara a   los  de Versalles y San Ildefonso y son hoy día halagüeño atractivo de los forasteros que visitan la población.

Seguramente que los jardines de Brihuega fueron plantados por la misma mano que los de San Ildefonso, pues sabido es que Felipe V quiso reproducir en este sitio real las magnificencias de Versalles, y cabe la conjetura de que, por el afecto que a Brihuega profesaba, extendiese su regia munificencia a la fábrica de paños por él establecida, dotándola de hermosos jardines que aun hoy día atestiguan la habilidad de un jardinero de cámara real. Si no el mismo   Lenôtre,  un  discípulo  suyo,   fiel  a sus instrucciones, fue, sin duda, el autor de los jardines de Brihuega, según se infiere de la disposición de los arriates, el trazado de los cuadros, la configuración de los macizos y el  deslinde  de  las plazoletas,   que revelan en todo y por todo el gusto francés predominante en Castilla a principios del siglo XVIII, por influencia del primer Borbón, que traía henchidos los pulmones con el aire de Versalles.

Son los jardines de Brihuega un acabado modelo del arte de la jardinería a estilo de Luis XIV, es decir, con todo el refinamiento y pulcritud de formas peculiares de aquella época, en que los artistas llegaron a sofocar a la naturaleza sin perfeccionarla, aprisionándola en las regularidades geométricas de un dibujo trazado a compás y tiralíneas. La estatua, la fuente, el lago, la cascada, los mármoles y bronces, la ornamentación suntuosa eran elementos obligados de los jardines de la época, cuyo estilo ha perpetuado la tradición en los paseos y plazas urbanas, aunque con menor magnificencia que en Versalles, La Granja y Brihuega.

Pero  en  esta villa han  tenido las flores mejor suerte que las lanas. La guerra de la Independencia, que en su aspecto externo de triunfos y derrotas parecía el  levantamiento nacional contra la dominación  extranjera, fué, en su aspecto interno, la profunda crisis que en una década subvirtió radicalmente el pensar y sentir del alma española. Fué la violentísima transición del régimen de reglamento, estatuto, privilegio, tasa  y gremio al  régimen de la casi salvaje independencia económica en que la libertad absoluta de trabajo deja al individuo en las sociedades modernas. La industria lanera de Brihuega pasó entonces del Estado a los particulares, y al amparo del nuevo régimen surgieron multitud de fábricas, de monta cada una de por sí, pero que, en conjunto, elaboraban millares de mantones de paño que, por su resistencia de tejido y persistencia de color, con adornos de enrejados, flecos y primorosas grecas, mercado seguro en España encontraron mercado seguro en España entera, hasta que las veleidades de la moda desterraron de la indumentaria española tan castiza prenda.

Las flores sufrieron también, en los jardines, la mudanza de tiempos y costumbres. A la recortada regularidad del régimen absoluto sucedió el dominio de la naturaleza sobre el artificio, y el parque frondoso, con honores de bosque, hubo de prevalecer en Fontainebleau y Saint-Cloud contra los bordados y encajes de Versalles, así como en España, por contagio de vecindad seguramente, prefirieron los potentados rodear sus fincas de umbrías arboledas, dejando para la advenediza plutocracia el jardín de cañamazo.

Es dudoso, aunque no del todo inseguro, que Brihuega recobre su antiguo esplendor fabril; pero si el plan de ferrocarriles secundarios pasara algún día de los negociados ministeriales a las realidades prácticas del terreno, y en él se incluyera el que, lamiendo la margen del Tajuña, transportara rápida y económicamente los productos de la industria a los mercados de consumo, tendrían las fábricas birocenses un medio expedito de dar salida a las bayetas y paños que la industria alfayatera transforma después en el zagalejo de la mujer alcarreña y en el capote del membrudo serrano. Bien merece protección del Estado un pueblo que cuenta con obreros de aptitud envidiable para el gobierno del telar y en donde la industria lanera floreció mucho antes que en Béjar, Alcoy, Sabadell, Tarrasa y otras ciudades cuya actual prosperidad deriva de la elaboración de las lanas.

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La fábrica real pasó, en 1840, casi desnuda de maquinaria, a las particulares manos del a la par ganadero y fabricante don Justo Hernández, quien logró realzar notablemente la elaboración de paños. Sus herederos, los señores de Cabañas, han convertido la antigua fábrica en suntuosa mansión, digna de reyes por la espaciosidad de los salones, distribución de los aposentos y riqueza y comodidad del mobiliario. Al ensordecedor ruido de los batanes y al incesante traqueteo de los telares ha sucedido la calma, el sosiego y la tranquilidad, que, invisiblemente caídas desde los sólidos muros a las rumorosas aguas del Tajuña, pregonan, con callada voz, que el listado no ha de cohibir la actividad individual monopolizando las industrias y estancando los productos, sino estimulando, por el contrario, con providencias que, avalorando las condiciones de una villa tan hermosamente dotada por la naturaleza como la industriosa Brihuega, aprovechen la abundancia de sus aguas y la fecundidad de sus reses para restaurar, a favor de la energía eléctrica y de la tecnología moderna, la industria lanera, cuya única reliquia son los magníficos jardines de Brihuega.


Publicado en

HOJAS SELECTAS - Año 1917

(Fots. remitidas por M. Asenjo.)
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