El triunfo de una dinastí­a

La célebre batalla de Almansa, librada entre las tropas de Don Felipe de Borbón, duque de Anjou, y del archiduque Carlos de Austria al que se habí­an aliado ingleses, holandeses y alemanes, cambió algún tanto el aspecto de la llamada Guerra de Sucesión.

Abandonado Madrid por los aliados el dí­a 9 de Noviembre de 1710 y en retirada á Cataluña el archiduque Carlos, entró en la corte Don Felipe de Borbón ya apellidado el V de este nombre, siendo recibido con singulares muestras de júbilo.

No desvanecieron á Don Felipe demostraciones tan gratas; antes bien, sabiendo el gran partido que para su causa podí­a obtener persiguiendo a las ya quebrantadas huestes aliadas y obligándolas á fraccionarse, salió de Madrid en la madrugada del 6 de Diciembre y acompañado del general francés duque de Vendóme, tomó el camino de Guadalajara, pernoctando con sus tropas en Alcalá de Henares. No creí­an los imperiales que la vanguardia española caminase tan rápidamente, y separándose un poco del grueso del ejército el general inglés Stanhope, mientras el austrí­aco Guido de Starenberg seguí­a hacia Aragón, se dirigió á Brihuega, villa murada distante seis leguas de Guadalajara y punto estratégico de suma importancia para pasar á la parte alta del Tajo y vigilar la carretera de Aragón.

Fatigadas sus tropas y deseando darlas algún descanso, pernoctó en la villa, no obstante que su flanco y retaguardia habí­an sido molestados por partidas de la vanguardia borbónica á las que, por error, creyó pertenecientes á las guerrillas mandadas por Bracamonte y Vallejo; mas cuando al dí­a siguiente, 7 de Diciembre, destacó una avanzada de caballerí­a para practicar un reconocimiento sobre las márgenes del Tajuña, que corre al pié de la población, hallóse con la desagradable sorpresa de encontrar sus pasos ocupados por fuerzas españolas y que no le era posible tampoco vadear el rí­o, á la sazón muy crecido por las copiosas lluvias invernales.

Aquel mismo dí­a quedó bloqueado por la vanguardia borbónica al mando del marqués de Valdecañas, eí­ cual llevaba treinta escuadrones de caballerí­a ligera, seis regimientos de dragones, los granaderos y una compañí­a de preferencia década uno de los batallones del ejército; en total, ocho mil hombres con solas dos piezas de artillerí­a.

Comprendiendo Stanhope su comprometidí­sima situación, decidió resistir y envió un parte á Starenberg para que volviese en su auxilio. En un solo dí­a hicieron los sitiadores obras de defensa tan importantesque ordinariamente hubiesen durado una semana: aspilleraron edificios, iglesias y santuarios, cortaron las calles con fosos y barricadas, y se prepararon á la más enérgica defensa.

Entretanto, las avanzadas reales coparon al regimiento imperial que enlazaba la retaguardia con el centro, y Starenberg ignoraba io que ocurrí­a á Stanhope, no obstante que sólo estaban uno de otro, á tres leguas de distancia.

El dí­a 8, festividad de la Purí­sima Concepción, llegó Felipe V á Brihuega con el grueso del ejército, é inmediatamente estableció cuatro baterí­as, situando una en el cerro llamado de la Horca, otra en el de San José, otra en el de Quiñoneros, y otra en el llamado de la Atalaya. A las doce comenzó el cañoneo, batiendo la muralla de Poniente hasta la hermosa puerta llamada de Cozagón, y por el Norte la comprendida entre las da San Felipe y la Cadena, ó Valdeatienza. Toda la tarde y la noche duró el fuego de artillerí­a, que cesó al llegar las dos de la madrugada, reanudándose al rayar el alba del dí­a 9 con mayor violencia que el anterior.

El estampido del cañón obligó á la retaguardia española á forzar la marcha, llegando a reunirse todas las fuerzas antes del mediodí­a.

Ya por entonces habí­ase abierto brecha en el lienzo de muralla que hoy se llama El Portillo, y por ella se lanzaron los de Don Felipe al asalto, que fué por dos veces rechazado; mas habiéndose recibido en el cuartel real un parte de Bracamonte anunciando que todo el ejército aliado iba en socorro de los sitiados, adelantóse á su encuentro la caballerí­a al mando del marqués de Aguí­lar y del duque de Vendóme, mientras el propio rey dirigí­a el asalto.

Don Felipe, que debí­a ser un gran táctico, dispuso que los generales conde de las Torres y marqués de Laver amagasen la brecha abierta en el Sudoeste, mientras el marqués de Toy, el conde Merodi y Don Pedro de Zúñiga asaltaban las que se habí­an abierto en las puertas de San Felipe y la Cadena, en cuyo asalto fueron rechazados quedando herido Toy en un pié. Volvieron al ataque con heroica bravura, y entre arroyos de sangre y torrentes de fuego lograron tomar la plaza, acorralando á los imperiales en el castillo.

Stanhope, sin embargo, comprendió la inutilidad de la resistencia, y al caer la tarde se rindió con los generales Hill y Carpentier, dos mariscales de campo, dos brigadieres y diez mil hombres de todas armas, incluso las bocas de fuego de que disponí­a. Sólo se les concedió la gracia de que los oficiales conservasen sus espadas y que las tropas desfilasen con sus armas, que fueron entregando á ios vencedores.

Aproximóse Don Felipe á la puerta de la Cadena para presenciar la entrega de los prisioneros; pero de tal manera le impresionó el cuadro de sangre y ruinas que ofrecí­a la población, que no quiso entrar en ella, y regresó con su escolta á la tienda real, situada en la cañada llamada del Tambor, en el monte que hoy posee el marqués de Ibarra.

Las pérdí­das sufrí­das por el ejército sitiador fueron mil muertos y más de dos mil heridos, siendo estos últimos curados y mantenidos gratuitamente por la villa, que hizo lo mismo con las ví­ctimas de los sitiados. Don Felipe no desperdició momento para asegurar el triunfo.

Alboreaba el 10 de Diciembre cuando los españoles tomaban posiciones en las alturas llamadas Carramedina y Cerro Molinero, y en las cumbres que dominan el Tajuña y limitan el desde entonces llamaba Campo de batalla.

Constituye éste una planicie poco ondulada, recortada en distintas direcciones por paredes de piedra seca y montones de la misma, que en el paí­s se denominan majanos; estaba en su mayor parte cubierto de monte bajo, especialmente al Poniente y Norte, con algunas siembras de cereales pertenecientes á vecinos de Brihuega.

En uno de los repliegues del terreno existí­a entonces,y hoy existen sus ruinas, un monasterio de Jerónimos rodeado dé casitas para sus colonos y llamado, por la bellezadel lugar,«Villaviciosa». A distancia de un kilómetro ó poco más de estas casas ó alquerí­as, está el monte llamado Chaparral de Yeí­a, desde el cual hací­a disparar de vez en cuando sus cañones el general Starenberg, para avisar á Stanhope su llegada; mas el silencio que guardaba la plaza de Brihuega y las confidencias que hasta él llegaban, hicieronle sospechar la rendición de los sitiados, y continuó avanzando con exquisitas precauciones para burlar una emboscada.

Al llegar á las alturas de Villaviciosa, ya distinguió la vanguardia real desplegada en orden de batalla, y comprendió, por lo numeroso de sus fuerzas, el desastre sufrido por las divisiones inglesas y holandesas.

Tení­an los borbónicos 10.000 infantes, en su mayor parte bisóños, y 9,000 jinetes, de los cuales 2.000 regí­an Bracamonte y Vallejo, que estaban separados del campo practicando reconocimientos en las orillas del Tajuña, y completaban este contingente veinte piezas de escaso calibre.

Starenberg tenia 17.000 infantes, 5.000 caballos y veinte cañones con dos morteros, cuyas fuerzas se desplegaron al mediodí­a, apoyando su izquierda en terrenos entrecortados de quiebras y arroyos fangosos.

Calculó mal el número de los españoles y trató de entretenerlos con un duelo de artillerí­a, para retirarse al cerrar la noche y dejar de este modo indecisa la gloria del encuentro; pero Vendóme comprendió su intención, y como el ejército castellano era superior en caballerí­a, determinó activar el combate sin foguear demasiado á los reclutas. Entonces, Felipe V atravesó con sus guardias una cañada, y pasando á la derecha de su ejército ordenó el ataque.

La batalla se trabó en toda la lí­nea con espantoso encarnizamiento y varia fortuna, pues tan pronto avanzaban los aliados como ganaban terreno los borbónicos. Al declinar la tarde y ya casi decidido el triunfo ó favor de los aliados, en retirada Felipe V por consejo de Vendóme, que creyó perdida la batalla, y resistiendo el marqués de Aguilar para salvar de la derrota el grueso del ejército, cayó sobre las fuerzas de Starenberg cargándolas de flanco la caballerí­a española de Bracamonte, que desde el Tajuña acudí­a al campo de batalla atraí­da por el ruido del combate.

Deshecha la izquierda imperial, fatigado el centro de resistir aquellas temibles cargas con que le acosaban los jinetes de Aguilar, y poco segura su derecha si el ejército de Don Felipe hací­a un movimiento envolvente, Starenberg se retiró al interior del monte, esperando rehacerse al abrigo del bosque; pero ya sus dos alas estaban prisioneras y no tuvo más remedio que formar el cuadro con la infanterí­a y resistir hasta el último extremo.

Ya cerrada la noche, envió un parlamentario al campo de Aguilar solicitando una suspensión de armas, que le fue concedida, y durante ella emprendió sigilosamente su retirada á Cataluña.

En poder de las tropas de Felipe V quedó toda la artillerí­a de Starenberg y multitud de banderas y estandartes.

El primer Borbón vivaqueó sobre el campo conquistado, y el marqués de Aguilar, llevándole á un sitio donde estaban tendidas y amontonadas las insignias enemigas, le dijo:

"Os he preparado, Señor, el lecho más augusto que tuvo monarca alguno sobre la tierra"

Las victorias de Brihuega (la batalla no debí­a llamarse de Villaviciosa, porque se dio en término de Brihuega), afianzaron la corona en las sienes de Felipe V, entrando á reinar la Casa de Borbón en reemplazo de la de Austria, con lo cual se puso termino decisivo á la cruenta guerra llamada de sucesión.

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En un libro de actas del convento de religiosas jerónimas de Brihuega, se lee la siguiente relación del combate escrita indudablemente por una religiosa y que consigno á tí­tulo de curiosidad.

«En el año de mil setecientos y diez, en el mes de Diciembre, año en que entró segunda vez el ejército enemigo en las Castillas, el dí­a seis de dicho año y mes, sábado al anochecer, empezaron á entrar en este lugar dichos enemigos, una columna de su ejército de cinco mil hombres arreglados y otros tantos entre criados y demás gentes: fue grande el trabajo que padecieron los vecinos.

Lúnes, dí­a de Nuestra Señora de la Concepción, desde la tarde antes se puso el ejército de nuestro Rey Felipe Quinto á la vista del lugar para sitiarle, como lo hicieron. Tiraron mil y cien tiros de artillerí­a. Una artillerí­a estaba en el camino de Guadalajara y otros tiros al cerro de enfrente. La puerta de la Cadena fué por donde avanzaron los nuestros con gran valor. Nos mataron en esta función setecientos hombres y de los enemigos algunos más.

A la mañana, después de haber capitulado la noche antes los de la plaza, en que se hicieron todos prisioneros, y en ellos habí­a el general de Inglaterra Stanhope y otros tres generales y tenientos generales, hubo una batalla viniendo el general Starenberg á socorrer dicha plaza. En el campo Carra-Villaviciosa ganó nuestro rey dicha batalla y fue la única derrota del enemigo, con que quedaron en sosiego todas las Castillas.

Advierto que si se ofreciere otra vez, no entren en el convento bienes, trigo ni cosa alguna á guardar de los paisanos, ni mujeres seglares, pu.es por estas causas estuvieron este y otros conventos expuestos á grandes trabajos de que nos libró Dios milagrosamente. ¡Bendito sea Dios y la Virgen Santí­sima!»

Una acta de acuerdos del Ayuntamiento de Brihuega, fechada á 11 de Febrero de 1721, dice que las fuerzas anglo-holandesas capituladas el 9 de Diciembre de 1710 fueron la división Hill, fuerte de 4.000 hombres, y las de Carpentier y Stanhope con 6.000. El número de prisioneros fue, pues, de 10.000 hombres de todas armas.


ANTONIO PAREJA SERRADA

Publicado en "Por esos mundos", nº 132 Enero 1906

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