Comentarios de la Guerra de España e historia de su rey Felipe V, El Animoso

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El ejército, sin hacer alto, pasó a Guadalajara, mandado por el marqués de Valdecañas, porque el duque de Vandoma estaba con el Rey, que el día 6 de diciembre volvió a las tropas que proseguían sus marchas.

Seguía inmediatamente a los enemigos por las espaldas Bracamonte, y por un lado Vallejo, no en vano, porque picaban siempre la retaguardia, y cualquier soldado enemigo que se descarriaba o entretenía les caía en las manos.

La tarde del día 6, cuidadoso de que le seguían con tanto tesón, Diego Stanop, no teniendo exacta noticia del lugar, le pareció poner sus tropas inglesas dentro de Brihuega, y pasar de día el Tajo. Estaba el lugar situado en una pequeña altura, cuyo recinto era un simple muro, de antiguo ladrillo, y tenía dentro una torre por retirada, pero desarmada y para ningún uso. Estaba distante tres leguas el centro de su ejército y sólo pensaba Stanop pasar en Brihuega más segura aquella noche. Luego que las partidas avanzadas del Rey vieron que se enderezaban los primeros estandartes del inglés a aquel lugar, dieron aviso al duque de Vandoma, el cual, con la mayor celeridad, destacó al marqués de Valdecañas con toda la caballería y granaderos hacia Torija, por si podía cortar a los ingleses el camino y separarlos de Staremberg. El largo espacio de las noches de diciembre y el ardiente celo del marqués, hicieron que llegase antes de la aurora al Tajo, ocupase sus puentes y fortificase el vado más vecino a Brihuega, en la cual estaban ya cerrados los ingleses, que por la mañana del día 7, queriendo salir con una partida de caballería a reconocer el sitio, no sólo le hallaron crecido con las continuas aguas, sino también ocupado de los españoles.

Hubo alguna escaramuza y se retiraron los ingleses al lugar, donde, viendo que no podían salir, se fortificaron con trincherones y cortaduras todo cuanto permitía la prisa y la falta de instrumentos; faltábales también artillería, municiones y víveres, con que no podía ser larga la defensa, pero creían ser socorridos de todo su ejército avisando a las tropas del centro, de donde un regimiento marchaba separado y dimidiendo la distancia del camino, para dar a Staremberg noticias de Stanop, y a éste de aquél; pero esta partida se había apartado del camino para robar, y había sido hecha prisionera por Bracamonte; y así, le era muy difícil al inglés avisar de su peligro al general alemán.

Antes del día había partido el rey Felipe con el ejército, encaminándose al mismo lugar a larga marcha, que la aceleró cuando tuvo noticia de que ya Valdecañas tenía bloqueada toda la retaguardia a los enemigos. El día 8 llegó el Rey con su manguardia a las doce, y luego se plantaron cañones, aunque de campaña, para batir el muro. Hacía mucha impresión la bala, pero no abría buena brecha, porque no podía batir la raíz del recinto, impidiéndolo lo elevado del terreno, y no estaban bien asentadas las cureñas para ponerlas a tiro; pero era tanto el ardor de los españoles, cuyo ejército ya el día 9 por la mañana había llegado todo, que quería asaltar la brecha estando aún ruda y sin aplanar, bien que venían cansados de una continuada marcha desde Guadalajara que dista diecinueve millas. El mayor fuego se enderezó contra la puerta de San Felipe, hacer ésta pedazos fue fácil, pero no el muro, que siendo de tierra encrostada no resistía a la bala, se abría en agujeros pero no caía con tanta brevedad cuanta habían menester los españoles para el asalto, porque recelaban volviese atrás el ejército enemigo.

Para alcanzar estos avisos se adelantó Bracamonte, el cual por la tarde dio noticia de que ya venía con todo su ejército Staremberg, porque había Stanop despachado seis hombres los más esforzados, que pasando a nado el río la noche del día 7, dio cuenta de su peligro, advirtiendo que si no estaba en todo el día 9 socorrido, era infalible la ruina de aquella parte del ejército, que traería infaustas consecuencias para el todo; pero como ya estaban tan adelantados los alemanes, no les alcanzó esta noticia en paraje que podían por todo el día 9 dar la batalla a los españoles.

Ignorando estas circunstancias el duque de Vandoma, mandó al conde de Aguilar que con toda la caballería pasase el río, embarazase el ejército enemigo, oponiéndosele para que recelase entrar en el puente o en el vado vecino a Brihuega, la cual mandó el Rey atacar por la tarde, aunque no era la brecha, según regla militar, todavía capaz de ser asaltada. Ejecutóse por dos distintas partes, y el verdadero asalto fue por la puerta de San Felipe, a cargo del marqués de Toy, de don Pedro de Zúñiga y de Carlos Florencio, conde de Merodi. Otro fingía el conde de las Torres por otra brecha, y otra partida de soldados sitiaba el muro para que nadie escapase, a cuyo efecto estaban mil caballos en las vecinas alturas y tomando el camino para el río.

La acción fue de las más sangrientas de esta guerra, porque sobre ser ruda y alta la brecha, era preciso bajar mucho para poseer el terreno llano del lugar; y con defensores tan fuertes y experimentados, era arduísima la empresa. Iba costando mucha sangre, porque los ingleses, aunque no tenían artillería, habían puesto tantos embarazos en la brecha con piedras y leños, que no era pelea regular, sino muy extravagante; pero todo lo vencía el valor de los españoles, que nunca fueron rechazados, aunque murieron infinitos. Gobernaba dentro los suyos el general Carpentier, inglés, con tanto brio que se vio muchas veces luchando con los que pretendían penetrar por todas las dificultades, guiados del marqués de Toy, que al subir del muro y apoderarse de la puerta de San Felipe, recibió en el pie una herida; otra no menos gloriosa tuvo el marqués de Torremayor, coronel del regimiento de Segovia.

Impaciente el conde de San Esteban de Gormaz de estar ocioso con las guardias que estaban con la persona del Rey, fue voluntariamente al asalto, donde adquirió no pequeña gloria ayudando con su mano a los soldados a que montasen la brecha, y aunque cargaba sobre él una tempestad de balas, perficionó la obra hasta que ya todos los regimientos entrasen por la brecha y por la puerta con gran intrepidez, despreciando tanta variedad de peligros. Aquí brilló mucho el valor de don Pedro de Zúñiga y el conde de Merodi, que guiaban los soldados a lo interior del lugar, tan difícil como su entrada, porque había hecho Stanop muchos hondones, cortaduras y empalizadas que encadenó con vigas, y las disputaba peleando con la mayor fortaleza por su propia mano, y aplicando fuego a los maderos para esto prevenidos, para que la llama y el humo embarazase a los que avanzaban sin jamás retroceder, que ni con este ardid desmayaron, porque trepando unos con hachuelas y otros con sus bayonetas por el fuego, hacían retirar a los defensores. Cayó aquí siete veces herido el marqués de Rupelmond que, retirado al campo, murió al otro día. También fue gravemente herido en un brazo el duque de Prato Ameno, siciliano.

Sin decidirse esta disputa anocheció, y la hicieron las sombras más cruel, porque con la noticia más exacta del paraje se defendían mejor los ingleses, hasta que se plantó el cañón dentro de la ciudad y se apartaban con la bala menuda los defensores, retirados ya a la plaza del castillo, siempre seguidos de los españoles, a los cuales guiaban con maravillosa intrepidez los capitanes de las Reales guardias don Gonzalo Quintana y don Bartolomé Urbina, que, penetrados de varias heridas, cayeron gloriosamente. Los regimientos de guardias hicieron allí maravillas, y el de Écija y los granaderos, pero no quedaron muchos; finalmente, hasta más de dos horas de noche se dilató la sangrienta lid, y pidió capitulación Stanop, más arrogante que justa, porque quería salir libre con sus soldados.

El duque de Vandoma se escandalizó mucho y dijo que se admiraba de que se pidiese esto a un ejército que mandaba el Rey Católico, que había menester de aquellos prisioneros, no del lugar, y que si no se rendían en una hora no daría cuartel. Antes de ella se capituló, y quedaron todos prisioneros de guerra. El Rey, por benignidad, concedió a los oficiales los equipajes, entregando los papeles y restituyendo lo que fuese de las iglesias; de estas alhajas se hallaron muchas, y hubo un gran botín; salieron prisioneros cuatro mil ochocientos ingleses, con los generales Stanop, Hil y Carpentier. Este fue herido en la cara; quedaron muertos quinientos, doble número de los españoles, y casi otros tantos heridos. Al punto se enviaron los prisioneros con varias escoltas, y por distintos lugares se despacharon a lo interior de Castilla, con orden de que toda aquella noche y al otro día los hicieron marchar sin hacer alto. Estos fueron los que tantos robos y sacrilegios cometieron en Toledo, ciudad que tiene a Santa Leocadia por protectora, que se vengó de ellos en el mismo día 9 de diciembre en que se celebraba su fiesta. De esta reflexión se reirán los herejes. El hecho es cierto; la Providencia no tiene acasos, ni la divina justicia olvidos.

Stanop dijo que se había rendido por falta de municiones; lo cierto es que no se hallaron. Algún inglés poco afecto a su comandante, esparció que las había mandado echar en un pozo para poderse valer de esta excusa; pero no le disculparon los peritos en el arte militar de haberse encerrado en un lugar tan poco fuerte y que marchase tan distante del centro de su ejército, sabiendo le seguía el de los enemigos.

En este error o negligencia también incurrió Staremberg, bien que todo era efecto de la soberbia y confianza en el propio valor, no persuadiéndose que se atreverían los españoles a seguir tan inmediatos. El general alemán y el inglés se atribuían recíprocamente la culpa. De esto se hizo gran sentimiento en Londres, y se resolvió no enviar más tropas a España; y en vez de ellas contribuir con dinero si se proseguía la guerra. A Stanop se le permitió despachar luego un correo a su corte; a él le importaba prevenir disculpas que llegaron antes que las acusaciones de los austríacos, y al rey Felipe le importaba divulgar apriesa la noticia por si mudaban de semblante las cosas. Luego se dio aviso a París, y no lo celebró poco el Rey Cristianísimo, quien con la mayor diligencia dio esta noticia al mariscal de Tallard, que estaba todavía prisionero en Londres.

Amaneció más alegre para los españoles el día 10 de diciembre, porque ya se repetían avisos de que venía Staremberg al socorro, y creían ser vencedores si se daba la batalla, faltándole a los enemigos tan gran número de la más escogida infantería. Oíanse cañonazos que mandaba Staremberg disparar para dar aviso a Stanop, por si aún no estaba rendido. Luego puso el duque de Vandoma su ejército en batalla sobre una pequeña eminencia en los campos de Villaviciosa; no era el paraje muy llano, antes sí pedrajoso y con algunas pequeñas cortaduras y paredes rústicas de cabañas antiguas o apriscos de pastores. Guareciéronse de ellos; fue el dictamen del conde de las Torres, de poner la infantería, porque cuando viniese con furia el enemigo hallase un insuperable embarazo. Vandoma no quiso más que poner patentes y en abierto las tropas, y escogió cuanto era posible la parte del campo más a propósito para la caballería. El ala derecha dio al marqués de Valdecañas; la siniestra, al conde de Aguilar, y el centro al de las Torres, mientras él, corriendo por todo, daba las necesarias disposiciones. Puso dos líneas de artillería, y en un vecino montichuelo estaba con solas sus guardias de a caballo el rey Felipe, bajo del cañón del enemigo, que a mediodía se dejó ver compuesto en batalla, bajando por el opuesto collado, al pie del cual hizo alto, porque vio un ejército que no esperaba, y se le figuró mayor el estar de industria extendidas con gran intervalo las líneas, de lo que arguyó no estar empleado destacamento alguno contra Brihuega, y que ya estaban rendidos los ingleses, porque no se veían en ella señas de guerra ni se oían tiros. Esto le puso en cuidado, y juntando su Consejo, determinaron no dar la batalla, sino esperar a que la noche protegiese con sus sombras la retirada a Aragón. Con todo eso, puso sus cañones a tiro, y dos morteros, por no dar indicio de su resolución; éstos hacían grande daño, y no dejó el Rey de correr igual riesgo, como los demás; pero ni los ruegos ni súplica de los suyos pudieron hacerle alejar.

El duque de Vandoma, al ver que los enemigos dejaban finalizar el día, arguyó su designio y dio señal de acometer. Hízolo primero por la derecha el marqués de Valdecañas, contra la siniestra de los enemigos, que gobernaba el general Franckemberg con sus palatinos, la caballería portuguesa y catalana. El centro le regía, con ocho mil escogidos infantes, don Antonio de Villarroel, y el señor de Bel-Castel con la infantería alemana y holandesa. La derecha, el mismo Staremberg, pero muy pegada al centro; la formó entretejida en caballería, con muchas, aunque pequeñas líneas, haciendo frente la caballería más escogida, porque también guardaba las baterías, puestas con tanta felicidad que incomodaban mucho a los españoles, y las protegían dos regimientos de infantería. Toda la caballería de los enemigos eran cinco mil hombres; pero los infantes eran diecisiete mil. El Rey Católico traía nueve mil caballos (que de éstos se habían destacado con Bracamonte y Vallejo dos mil), y los infantes eran sólo diez mil, porque desde el puente de Almaraz al día de esta batalla faltaban muchos.

Acometió con tanto ímpetu el marqués de Valdecañas, que no pudiéndole resistirla primera línea de la izquierda enemiga, padeció una entera derrota; cayó sobre la segunda, y aunque los jefes se esforzaron para ponerla en orden, ya se habían dividido en pelotones las líneas, rotas ambas del brío de la caballería española; Franckemberg aplicó los mayores esfuerzos para reglar los suyos, pero ya estaban bien lejos los palatinos, y sólo resistían un poco los portugueses y catalanes. Destacó Staremberg del centro algunos regimientos para socorrerlos; pero cortados y asaltados por los españoles, fueron deshechos de forma que no se pudieron jamás unir al centro, aunque con él hizo Villarroel dos movimientos para acercárseles, pero ya no fueron a tiempo, porque estaban enteramente derrotados con todo el cuerno izquierdo del ejército alemán.

Los vencedores persiguieron más de lo justo a los vencidos; hacían falta en el campo, y se esforzaba en vano Valdecañas para que volviesen a él, y por si los podía juntar para acometer al centro, los seguía y se apartó muy distante, con gran perjuicio, porque en el centro estaba todo el peso y el mayor ardor de la guerra, y peleaba con tanto valor el de los enemigos, siempre sostenido de la caballería, que tenía a su derecha, que rompió, adelantando algunos pasos, la primera línea del centro de los españoles, de los cuales la mitad volvieron la espalda. Estos fueron los regimientos nuevos, porque algunos de los veteranos y las guardias se apartaron por un lado a la derecha, mientras trabajaba el conde de las Torres en volver a juntar los que habían huido.

El duque de Vandoma volvió a guiar a la pelea los que habían quedado, y con ellos atacó, dando un breve giro al centro de los enemigos por un lado; hízole frente Bel-Castel y se trabó una cruel disputa, porque estaban los valones y guardias españolas del rey Felipe corridos, de parecer vencidos; y lo estuvieron en aquella parte, porque Villarroel, del que era punto de la primer línea del centro, sacó un ángulo e hizo dos frentes, con las cuales rechazó a los españoles, que por ambas le habían vuelto a acometer, porque instaba con gran vigor el conde de Aguilar que no podía pelear contra el centro. Tan unidos los tenía Staremberg, que rechazó al conde con toda su primer línea y caballería, y le echó, si no de todo el campo, de la mitad de él. Con esto, dejando un poco atrás su centro el general alemán, le defendía mejor, y apartó enteramente a los españoles, pero no proseguía a ganar terreno, esperando que anocheciese y que con quedarse en aquel paraje decantase, la victoria.

No habían las guardias del Rey vuelto jamás la espalda con algunos regimientos, pero habían retrocedido hasta la mitad del campo donde el duque de Vandoma se esforzaba a volver a formar la primera línea del centro; ayudábale el marqués de Toy, y fue otra vez herido y prisionero; pero luego, sobre su palabra, se le dejó en libertad. El conde de las Torres y otros españoles que no eran soldados, sino ministros, persuadían a formar nuevamente la segunda línea, y lo consiguieron en gran parte; viendo que las guardias habían restablecido la primera contra el centro, pero con los pocos pasos y movimientos que el de los enemigos había dado, estaban más molestados de la artillería los que habían de acometerle. Contra ella, viendo esto, volvió sus armas con la mayor intrepidez el teniente general don José de Armendáriz, bajo cuya mano el coronel don Juan de Velasco perfeccionó la obra y ganó la artillería a los enemigos, porque Armendáriz se retiró mortalmente herido, y había en este mismo paraje muerto don Pedro Ronquillo.

Ya sin este embarazo los españoles, volvieron a la batalla con brío. Mezclóse entre los valones con una de sus banderas el marqués de Moya, hijo del marqués de Villena, que no habiendo podido volver a unir su regimiento, tomó una bandera de uno de sus tenientes y se unió a los que combatían. Tampoco faltó a la acción el conde de San Esteban de Gormaz, cuyo valor no descaeció en toda la sangrienta función, que ya se había encendido más feroz, de género que se vieron obligados los alemanes a formar de todas sus tropas una figura de puerco espín, y en el cabo de una línea peleaba con tanto esfuerzo Villarroel, que si se hubiera podido quitar la nota de desertor, hubiera quedado glorioso. Regía el punto céntrico de la figura Staremberg, y queriéndola sustentar murió pasado de muchas heridas Bel-Castel. Todos los oficiales españoles, aunque faltaban sus regimientos, mantenían la batalla, porque no pudiendo volver a ordenarlos no quisieron dejar de asistir a ella. Murió entre ellos, animándolos, el mariscal de campo don Rodrigo Correa.

Tanta fue el arte y fortaleza de Staremberg, que rechazó otra vez a los españoles, y se hizo aparte de ellos casi a tiro de fusil, aunque había perdido mucha gente. No creyendo el duque de Vandoma que volverían a la batalla los que se habían apartado, la juzgó por perdida, o por lo menos indecisa la victoria; y como ya estaba anocheciendo, suplicó al Rey que se retirase a Torija, lo que no quiso ejecutar, y más viendo que el conde de Aguilar, teniendo ya reparados los suyos, volvió a acometer la derecha de los enemigos con su caballería, la que procuraba resistir el conde de la Atalaya. Esto desconcertó las medidas de Staremberg, porque le obligó a mudar figura y hacer frente a los españoles, que, corridos del pasado desorden, peleaban con la mayor fortaleza, y los resistían con brío la caballería alemana y parte de la portuguesa, aunque ya estaban cansados de lo vario y prolijo de la acción.

Era todo el cuidado de Staremberg que no perdiese el centro el socorro de la caballería, pues por ella no había, podido aún ser vencido, con tantos asaltos como dieron los españoles; pero prevaleciendo ya en la izquierda la fortuna del conde de Aguilar, rompió la primera y segunda línea de la derecha del enemigo, de cuya derrota salvó Staremberg mil caballos que puso como por muro de su centro, que estaba aún firme, hasta que volviendo el marqués de Valdecañas de haber deshecho toda la izquierda enemiga, acudiendo por otra parte don Feliciano Bracamonte, que estaba destacado con mil y doscientos caballos, y a rienda suelta, habiendo sido avisado de los tiros de cañón, procuró hallarse en la batalla; atacaron el centro por distintas partes, y aún por tres después que llegaron también don José de Amézaga y el conde Mahoni. El general alemán sacrificó primero dos mil caballos que le hacían frente; después armó un cuadrángulo que dio tres descargas contra la caballería española, que ciegamente empeñada en vencer aquel centro y sacar del campo a Staremberg, se echaba sobre las bayonetas enemigas; quedó herido en la cara Amézaga. Había formado Bracamonte una corta línea de nueve hombres, ,más la estrechó Valdecañas, porque formó una de seis, pero repetidas por todas las caras del cuadrángulo que combatía contra sola la caballería, porque la infantería española se había apartado ya del combate y sólo permanecían en él el conde de San Esteban de Gormaz, el marqués de Moya, los jefes y oficiales del ejército, con trece soldados; y aunque las guardias del Rey no estaban lejos, las sombras de la noche prohibían entrar en el combate, tan sumamente intrincado, que sólo el valor y la pericia de Guido Staremberg podía conservar el orden, y retirarse, siempre combatiendo, ayudado del conde de la Atalaya, y más que de todos, de don Antonio Villarroel.

El primero que tuvo la gloria de acometer con su caballería el centro fue Bracamonte, y por eso no quería dejar de ser el último en perseguir al enemigo, a quien puso verdaderamente en confusión Valdecañas, porque traía mayor número de caballos y oficiales. Al fin, ya había más de media hora que reinaban las sombras de la noche y aún duraba la batalla, de la cual y del campo se salió formado el alemán con sus mil infantes que le quedaron, y se retiró a un vecino bosque, donde no podía ofenderle la caballería enemiga, a quien se debió enteramente la victoria. Quedó Valdecañas por dueño del campo, de la artillería y bagajes.

El rey Felipe aún estaba en el mismo paraje aguardando el éxito, que ignoraba todavía, hasta que fue avisado de la victoria y pasó al centro del campo de batalla, donde durmió aquella noche cercado de heridos y cadáveres, porque se mandó estuviese el ejército sobre las armas sin entrar al saqueo. Lo propio hizo Staremberg, que juntó luego Consejo de guerra, y aunque todos los oficiales (menos Villarroel) fueron de opinión de hacer llamada y capitular, no quiso, diciendo que a oscuras nada se determinaba, y que la luz mostraría lo que se debía ejecutar; que, ciertamente, había vencido a la infantería española, y que no se podía juntar tan de mañana que no tuviese tiempo de hacer su marcha y tomar el camino de Aragón, donde estaba seguro. También juntó Consejo el rey Felipe, y fue de parecer el conde de Aguilar de despachar luego la caballería para tomar los pasos de Aragón y ver si se podía bloquear al enemigo, que era infalible su rendición, porque no le quedaba mucha gente. Los más de los españoles adherían a este dictamen, y el duque de Vandoma dijo que no había más ejército que caballería; que ignoraba cuán lejos estaba el enemigo y con cuánta gente; que éste estaba para volverle a dar alientos a emprender otra acción si veía al Rey sin ejército numeroso por la mañana, y que en este caso era preciso retroceder, y no sería haber ganado la batalla; que ahora estaba segura la victoria, y que el día sería mejor consejero para ver el estado y paraje de los enemigos. Este dictamen siguió el Rey, y sólo destacó, aunque poco adelantado, con dos mil caballos a Bracamonte, para que se acercase cuanto era posible a los contrarios, cubriendo por de fuera el campo en que estaba el Rey, a quien sirvió esta noche de tienda su coche.

Esta es la célebre no esperada batalla de Villaviciosa, ganada con un tercio menos de gente, arrebatados los laureles de las sienes de un ejército vencedor, que cuatro meses antes creía haber conquistado la España. Dentro de la misma Castilla dejaron las naciones coligadas cuanto pillaje y saqueo habían hecho de los mismos pueblos y de los profanados templos, porque don José de Vallejo, que estaba adelantado a las encrucijadas de los caminos con una partida de caballería, cogió los bagajes de todo el ejército (Vandoma restituyó el suyo a Staremberg) y tres mil prisioneros, sin los que le hicieron en el campo y en las cercanías de él, donde quedaron muertos cuatro mil del ejército del rey Carlos y seis mil prisioneros, y se tomaron veinte piezas de cañón, dos morteros, seis timbales y treinta y siete banderas; en fin, de un ejército de más de treinta mil, quedaron seis mil.

Viendo Staremberg la mañana del día 11 que sólo estaban los dos mil caballos de Bracamonte formados, y en paraje donde no podían ofender su infantería, amparado del mismo bosque tomó el camino de Aragón, marchando formado hasta que subió a la montaña, y a grandes jornadas llegó a Zaragoza, de donde, sin detenerse, pasó a Barcelona y divulgó que había ganado la batalla; así lo escribió a la corte de Viena; pero que, como había perdido tanta gente, no se había podido mantener en campaña.

Conocieron las cortes coligadas del propio hecho contrario, que aunque para engañar al pueblo celebraron la victoria, sacaron de esto más irrisión que aplauso. Con estas reiteradas funestas noticias, los ingleses se confirmaron en la deliberación de no enviar más tropas a España. En la Francia hubo de esto particular júbilo, y mucho mayor le tuvieron los españoles, pues solos y sin tropas auxiliares restablecieron al Rey en el trono, y adquirió el duque de Vandoma la gloria de ser llamado Reparador del Reino. Toda la disposición del acampamento y marchas, efectivamente, fue suya, ejecutada por los españoles con denuedo y fortaleza, y aunque no se debió la victoria a la infantería, no pudo la veterana pelear, porque la desampararon los nuevos regimientos. El rey Felipe dijo había debido la victoria al marqués de Valdecañas, porque fue quien con su ala derecha atacó y sacó a los enemigos del campo.

No se portaron con menos valor en aquel último lance el conde de Aguilar, el de San Esteban de Gormaz y el marqués de Moya su hermano, don Feliciano Bracamonte, don José de Amézaga, Mahoni y todos los oficiales del cuerpo del ejército, que dejando sus compañías y regimientos, sirvieron de soldados y formaron la última línea contra el centro. No brilló menos la vigilancia e infatigable aplicación de don José Vallejo. Murieron de los españoles tres mil, y más de mil quedaron gravemente heridos, a los cuales mandó el Rey curar con la mayor atención. Después, a regulares marchas, pasó con su ejército a Zaragoza, vencedor donde había quedado vencido.

Algunos creyeron que había usado flojamente de la victoria, y que si se hubiese seguido el dictamen del conde de Aguilar de adelantarse toda la caballería a cerrar los pasos a Staremberg, no se hubiera retirado hombre alguno a Barcelona. De esto se disculpó con bien modesta carta el duque de Vandoma con su Soberano, dando por razón que no quedaba ejército a quien fiar la persona del Rey si destacaba la caballería y granaderos, y que ésta sola no bastaba para vencer a Staremberg, que estaba ya abrigado del bosque y cubierto el camino de las montañas; y como en un día salió de los términos de Castilla, todo era país amigo, circunstancia que hizo gloriosa la retirada de Staremberg. Nunca tuvo general alguno de ejército más presencia de ánimo en acción tan sangrienta, varia y trágica. Decían sus propios enemigos que sólo él podía haber sacado formada aquella gente que salió vencida del campo, pero no deshecha, y si hubiera tenido tan fuerte caballería como infantes, hubiera obtenido la victoria; dos veces vio de ella la imagen, tres rechazó la infantería española; pero desamparado de sus alas y cargado de ocho mil caballos resueltos a morir o vencer, cedió a la fortuna del rey Felipe y al valor de sus tropas.


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